
Llegó la mañana y con ella el nuevo día, la luz se filtraba débilmente por entre los visillos de la ventana y fue cuando llamaron a la puerta. Había la costumbre de dejar dicho en recepción la hora prevista para levantarse al día siguiente.
Con el fin de colaborar, Anton se levantó, se lavó la cara con agua fresca, se vistió y fue haciendo tiempo mientras preparaba el macuto.
Al rato oyó la puerta de la habitación contigua, abrió la suya y allí estaba Vincent preparado para otro día de trabajo.
A-¡buenos días!
V-¡Bon jour! Hoy tendremos un sol magnífico e intenso y no corre nada de viento. Si estás preparado, cuando quieras podemos partir.
Vincent iba cargado y vestido como los obreros, pantalón y blusa ancha, sombrero de paja, caja con pinceles, pintura, paleta, lienzo y caballete... y una mochila a la espalda.
Anton llevaba ropa cómoda y el macuto en bandolera.
A-¿quieres que te ayude en algo?
V-No gracias, ya estoy acostumbrado, siempre voy de esta manera... cargado.
Salieron de la pensión dirección Lamartine, allí una tienda abría las puertas y Anton por poco dinero, compró un sombrero de paja y un palo de boj. Pasaron el puente del tren y siguieron por la carretera de Tarascón, está custodiada por grandes "plátanos", siguieron por los caminos, entre huertos y canales de abundante agua.
Con el fin de colaborar, Anton se levantó, se lavó la cara con agua fresca, se vistió y fue haciendo tiempo mientras preparaba el macuto.
Al rato oyó la puerta de la habitación contigua, abrió la suya y allí estaba Vincent preparado para otro día de trabajo.
A-¡buenos días!
V-¡Bon jour! Hoy tendremos un sol magnífico e intenso y no corre nada de viento. Si estás preparado, cuando quieras podemos partir.
Vincent iba cargado y vestido como los obreros, pantalón y blusa ancha, sombrero de paja, caja con pinceles, pintura, paleta, lienzo y caballete... y una mochila a la espalda.
Anton llevaba ropa cómoda y el macuto en bandolera.
A-¿quieres que te ayude en algo?
V-No gracias, ya estoy acostumbrado, siempre voy de esta manera... cargado.
Salieron de la pensión dirección Lamartine, allí una tienda abría las puertas y Anton por poco dinero, compró un sombrero de paja y un palo de boj. Pasaron el puente del tren y siguieron por la carretera de Tarascón, está custodiada por grandes "plátanos", siguieron por los caminos, entre huertos y canales de abundante agua.
Fueron dejando la ciudad y el sol ya estaba subiendo al igual que el canto de las cigarras, algo que el día anterior y debido quizás a tantas emociones apenas había percibido.
Vincent comentó que la semana entrante le esperaba un trabajo recargado y duro en los trigales, a pleno sol.
Estabamos en plena campiña, la llanura de la Grau, la silueta de Les Alpilles, la torre de Montmajour. Vincent la recorre con la pipa entre los dientes, su cuerpo un poco arqueado y una mirada extraña... tenia aspecto de huir, sin osar mirar a nadie.
Sobre un campo labrado, un gran campo de montones de tierra violeta, subiendo hacia el horizonte una bandada de cuervos tomó el vuelo, un campo de trigo maduro corto, un cielo amarillo con un sol amarillo.
Plantó el caballete, puso el lienzo y ya empezó el trabajo, Anton se mantuvo en una distancia prudente y observaba como Vincent hacia unos trazos rápidos cogiendo a continuación la paleta y los colores.
Anton siguió caminando y observaba a los campesinos, vio pasar a uno de ellos y tres niños montados en un mulo y otro que les seguía a corta distancia. En otro lugar cercano un hombre subido a un carro y valiéndose de una pala descargaba estiércol en el campo, mientras los bueyes pastaban al lado.
Habló con uno de ellos, del trabajo, del tiempo, cosas cotidianas, también se interesó por las cigarras y supo que cada año emergen del suelo y los machos entonan su canto estridente, sinfonía amplificada, chirrido para atraer a las hembras, a Anton le gustaba, como cuando el aire se llena de azahar, como el correr del agua, la lluvia o el chisporrotear y movimiento del fuego en el hogar.
Después de unas horas y observando a Vincent de lejos, Anton creyó prudente ir acercándose, fue hacia las cañas junto al canal y allí se sacó el sombrero, lo metió en el agua que corría fresca y cristalina, mientras el sol lanzaba sus rayos de fuego sobre la tierra, sacó el sombrero y tal y como estaba mojado se lo colocó de nuevo en la cabeza.
Veía a Vincent a pleno sol gesticular, acercarse y retirarse del cuadro, dirigir los pinceles como si se tratara de una batuta, le pareció que en algún momento pintaba con los dedos y se limpiaba en la ropa. Al rato Vincent dejó los pinceles y mirando hacia donde estaba Anton levantó la mano y le hizo saber que ya había terminado.
Vincent comentó que la semana entrante le esperaba un trabajo recargado y duro en los trigales, a pleno sol.
Estabamos en plena campiña, la llanura de la Grau, la silueta de Les Alpilles, la torre de Montmajour. Vincent la recorre con la pipa entre los dientes, su cuerpo un poco arqueado y una mirada extraña... tenia aspecto de huir, sin osar mirar a nadie.
Sobre un campo labrado, un gran campo de montones de tierra violeta, subiendo hacia el horizonte una bandada de cuervos tomó el vuelo, un campo de trigo maduro corto, un cielo amarillo con un sol amarillo.
Plantó el caballete, puso el lienzo y ya empezó el trabajo, Anton se mantuvo en una distancia prudente y observaba como Vincent hacia unos trazos rápidos cogiendo a continuación la paleta y los colores.
Anton siguió caminando y observaba a los campesinos, vio pasar a uno de ellos y tres niños montados en un mulo y otro que les seguía a corta distancia. En otro lugar cercano un hombre subido a un carro y valiéndose de una pala descargaba estiércol en el campo, mientras los bueyes pastaban al lado.
Habló con uno de ellos, del trabajo, del tiempo, cosas cotidianas, también se interesó por las cigarras y supo que cada año emergen del suelo y los machos entonan su canto estridente, sinfonía amplificada, chirrido para atraer a las hembras, a Anton le gustaba, como cuando el aire se llena de azahar, como el correr del agua, la lluvia o el chisporrotear y movimiento del fuego en el hogar.
Después de unas horas y observando a Vincent de lejos, Anton creyó prudente ir acercándose, fue hacia las cañas junto al canal y allí se sacó el sombrero, lo metió en el agua que corría fresca y cristalina, mientras el sol lanzaba sus rayos de fuego sobre la tierra, sacó el sombrero y tal y como estaba mojado se lo colocó de nuevo en la cabeza.
Veía a Vincent a pleno sol gesticular, acercarse y retirarse del cuadro, dirigir los pinceles como si se tratara de una batuta, le pareció que en algún momento pintaba con los dedos y se limpiaba en la ropa. Al rato Vincent dejó los pinceles y mirando hacia donde estaba Anton levantó la mano y le hizo saber que ya había terminado.

El cuadro era un trigal amarillo con las colinas de les Alpilles al fondo, un cielo verde y un primer plano verde y tostado, una maravilla.
Caminaron de vuelta hacia Arlés fue cuando Anton sugirió que tenían que comer algo.
V- Felizmente mi estómago se ha restablecido a tal punto, que he vivido tres semanas del mes pasado con galleta marinera, leche y huevos.
Anton no estaba de acuerdo pero no quiso contradecir, pensaba que eso no era comida, que tenía muy descuidada la alimentación y que había que darle más importancia.
V- Si uno esta bien de salud, es preciso poder vivir de un trozo de pan, trabajando toda una jornada, teniendo la fuerza de fumar y beberse un vaso...
Anton seguía pensando ¡qué sí! Que el pan esta buenísimo, pero ¡qué no! ¡Que no solo de pan vive él hombre!
Llegaron a la pensión cuando el conserje lo llamó ¡tiene una carta de su hermano! Antes que siguiera hablando ya había abierto la carta, la leyó mientras guardaba el billete de 50 francos que venia entre las hojas.
Por la tarde fueron a comprar y montaron los bastidores. Después quedaron para el día siguiente, les esperaba un recorrido por el Ródano y sus canales.
Caminaron de vuelta hacia Arlés fue cuando Anton sugirió que tenían que comer algo.
V- Felizmente mi estómago se ha restablecido a tal punto, que he vivido tres semanas del mes pasado con galleta marinera, leche y huevos.
Anton no estaba de acuerdo pero no quiso contradecir, pensaba que eso no era comida, que tenía muy descuidada la alimentación y que había que darle más importancia.
V- Si uno esta bien de salud, es preciso poder vivir de un trozo de pan, trabajando toda una jornada, teniendo la fuerza de fumar y beberse un vaso...
Anton seguía pensando ¡qué sí! Que el pan esta buenísimo, pero ¡qué no! ¡Que no solo de pan vive él hombre!
Llegaron a la pensión cuando el conserje lo llamó ¡tiene una carta de su hermano! Antes que siguiera hablando ya había abierto la carta, la leyó mientras guardaba el billete de 50 francos que venia entre las hojas.
Por la tarde fueron a comprar y montaron los bastidores. Después quedaron para el día siguiente, les esperaba un recorrido por el Ródano y sus canales.
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